sábado, 20 de diciembre de 2014

Pensamientos

Amanecer. El cielo adquiere tonos anaranjados de diferente intensidad. Las estrellas se van difuminando. La luna cede su puesto al brillante astro, cuyos rayos se extienden ya rozando las nubes. Con su habitual parsimonia el sol realiza su espectacular aparición lo que para mí indica el inicio de un nuevo viaje.

Todavía recuerdo el primero que emprendí. Estaba muy inquieto y demasiado joven. Mi primer pensamiento era de euforia. En ese momento deseaba experimentar nuevas sensaciones. Ahora mis ojos han visto más de lo que cualquier ser normal en toda su vida. No obstante, hay recuerdos que me gustaría olvidar. En mí ya no hay rastro de inocencia. La vida me ha endurecido y sólo puedo amar a mi familia. Lo demás me es indiferente, ya que en ocasiones tan sólo soy un mero observador.

Las mañanas son cada vez más frías por lo que he de darme prisa. Tal vez no llegue a mi destino y perezca durante el camino. Aún así he de intentarlo. No hay ningún sendero previamente dibujado, ninguna referencia; excepto el que yo mismo me voy trazando, seguramente por instinto. Los sigo sin detenerme, únicamente para descansar, y preocupándome por mi familia. Por la noche dormimos a la intemperie, resguardados por un sólido ramaje.



Los días se suceden sin ninguna novedad, mas el viento nos indica que cada vez nos hallamos más cerca, ya que el ambiente se ha vuelto más cálido y el paisaje ha sufrido variaciones. El verdor de los árboles es más intenso y las flores gozan de una amplia gama de colores.

Durante el trayecto soy testigo de numerosos acontecimientos: el nacimiento de una nueva vida, la fantasía del primer amor, la decepción de sueños incumplidos, la esperanza de ver tu deseo realizado en una estrella fugaz, el eterno compañerismo de dos almas gemelas, la melancolía y la amargura de la muerte… Todo ello lo guardo en mi corazón como recuerdo de cada uno de mis viajes. Porque cada uno es especial y único. Porque tal vez sea el último.

Tras el transcurso de un mes, divisamos nuestro destino: un lago enorme rodeado de inmensos robles. Un paraíso. El agua cristalina se mantiene sosegada. Las ramas se agitan suavemente mecidas por la brisa. Pronto llegaremos a nuestro nuevo hogar.

Sin embargo, un sonido atronador corta el aire a nuestro alrededor. El sonido de una bala. Los disparos se suceden. El miedo comienza a apoderarse de nuestro discernimiento. Todos vuelan en desbandada intentando frenéticos alcanzar nuestro objetivo. Recupero mi sensatez y pienso en mi familia. Giro mi diminuta cabeza buscándolos. Es difícil hallarlos entre tanto alboroto. Por fin, diviso a uno de ellos. Es el más joven, aquel que aprendió a volar recientemente. Para mi infortunio, está en peligro. Veloz, me aproximo hacia él. Lo aliento a volar más rápido, a huir de esta masacre. Juntos planeamos por el frondoso bosque, una trampa sin escapatoria. Casi nos hallamos en el límite de los disparos. Pronto estaremos a salvo.

De repente, una bala surca el aire y traspasa mi ala izquierda. Mi frágil cuerpo se estremece y emito un alarido.

Cuando me sobreviene el dolor, sé que nunca más volveré a ver salir el sol, nunca más habrá ningún viaje, ningún vuelo, ningún recuerdo, ningún pensamiento…

Doy media vuelta y planeo decidido hacia el cañón del arma que continúa apuntándome. Desciendo en picado, atravesando el aire. Mi último vuelo. Mi último amanecer. Mi último recuerdo. Mi último pensamiento es para…


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