martes, 6 de enero de 2015

Érase una vez...

Inicio. Toda vida tiene un comienzo, todo ser vivo un nacimiento. El origen de un ser humano viene determinado por su concepción. Dos personas desean tener una descendencia y con ello constituir una familia, pero no solo eso. Ese niño es fruto del amor y de la entrega, de la esperanza y de la felicidad.

El momento en sí es un milagro, inolvidable el instante en el cual vemos por primera vez a ese niño que se ha ido conformado dentro de ti durante nueve meses. Ese cuerpecito menudo con esos grandes ojos oscuros y la maraña de pelo negro nos muestra a un recién nacido desvalido y necesitado de amor y cariño.

Olvidamos el esfuerzo que nos ha costado llegar hasta allí, ya nada importa. Sólo él, delante de nuestros ojos. La primera vez que nos mira, el primer abrazo... Sin embargo, ese niños es a su vez la propia imagen del amor, un amor puro e inocente.



El nacimiento de la vida de Adrián es tan solo el comienzo del camino de innumerables aventuras en las que aprenderá tanto de sus aciertos como de sus errores. En este recorrido irá en un inicio acompañado de un guía, pero llegará el momento en el que deberá valerse por sí mismo. Como una semilla que germina, los primeros brotes surgen hasta que los pétalos se abren buscando el brillante astro, adquiriendo ella misma esa luz natural. Ese brillo representa los valores y enseñanzas adquiridas.

Para Adrián la vida solo ha germinado y aún tendrán que pasar muchas primaveras para que brote ese tallo donde se asentarán cada una de sus aventuras hasta dar luego un precioso fruto.

También podemos comparar la vida con un libro cuyas páginas se encuentran en blanco, esperando a ser escritas con la pluma de nuestras peripecias. Para sus padres es un nuevo episodio de alegrías, tristezas e incertidumbre, pero para Adrián es un comienzo.

Porque la vida es una oportunidad. Un milagro fugaz que hay que aprovechar. Una sucesión de instantes de sensaciones y sentimientos. Una cadena de momentos repletos de aventuras, desengaños, tristeza y felicidad.

Érase una vez la historia de un niño con una maraña de pelo negro, unos ojos oscuros como la noche y una piel morena que vivía en una acogedora casa donde sus padres y familia le cuidaban y protegían con amor, dedicación y dulzura. Su nombre era Adrián.



PD: Esto lo escribí para un pequeñín muy especial para mí, que espero algún día pueda leerlo y le guste tanto como a mí. Porque cada vez que me mira con sus ojillos brillantes y se ríe, me alegra esos momentos en los que voy a verle.

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