jueves, 8 de enero de 2015

Inocencia guillotinada

Crepúsculo. El sol se oculta y un manto oscuro de brillantes estrellas cubre el cielo. La luna permanece en cuarto menguante. En las calles muchas de las antorchas ya se han extinguido y las que continúan encendidas danzan en la noche, vigilando, buscando una nueva víctima que subir al estrado. Pero todos aguardan ocultos, atemorizados ante una repentina acusación.

Observo a través de la ventana ese absurdo juego en el cual yo he participado, e incluso he disfrutado regocijándome en las expresiones de terror de aquellos a los que detenía. Lo recuerdo perfectamente. Con un golpe sordo en la madera pulida, convocaba a los inquilinos. Me abrían con expresiones de perplejidad y miedo. No sabían por qué acudía a altas horas de la madrugada. La verdad es que yo tampoco. Sin dilación leía el pergamino en el que figuraban los delitos cometidos y ordenaba apresarlos. Ninguno se resistía y los que se atrevían a cometer tal insensatez eran fusilados en aquel mismo instante. Todos sabían que no había escapatoria.



Durante mi ronda matutina, desfilaba con una postura regia y los ciudadanos se asustaban ante mi presencia. Mi fusil era lo que les causaba mayor pavor. Las madres ocultaban a sus hijos entre las faldas. Los hombres miraban hacia otro lado desafiantes. Los ancianos fijaban la vista en el suelo mostrando su rendición.

A las seis de la tarde, me presentaba puntualmente en la plaza de la Concordia, más conocida como plaza de la Revolución, de la ciudad de París. Con la mirada clavada en un punto situado más allá del instrumento de condena, permanecía en posición mientras el verdugo nombraba a sus víctimas y estas ascendían a la plataforma, apoyaban la cabeza en la hoja de madera y una afilada lámina descendía sesgando los débiles cuellos. Los hombres no solicitaban clemencia, se mantenían firmes, sin estremecerse siquiera. Sin embargo, las mujeres pedían el indulto de sus hijos en vano. Sólo los niños derramaban sus lágrimas ante el arma letal. Se habían dado cuenta de que no era un juego. Nunca volverían a ver a su familia. Nunca más jugarían despreocupados en las calles.

La gente se congregaba ante la tarima esperando que se cumpliera justicia. Tal vez ansiando ver un espectáculo. Pero eso no era una función ni tampoco justicia.

Miles de cabezas han rodado ante mis ojos y luego exhibidas en picas. Yo he sido testigo de esta masacre. Mis manos han firmado muchas de las sentencias y han sido ellas las que las han ejecutado.

Han transcurrido cuatro años desde que dio comienzo la revolución. Desde entonces las buenas y malas acciones se han mantenido en equilibrio. Ahora la balanza se inclina peligrosamente hacia el lado equivocado.

He comprendido por qué a este período se le ha denominado “el reinado del terror”. Todos los ciudadanos exhiben esta expresión en el rostro. Aunque luzcan la escarapela tricolor ya no creen tan firmemente en los ideales de la revolución. El alabado lema de “liberté, égalité, fraternité” ha sido reemplazado por el de “liberté, égalité ou la mort”.

El líder causante de los genocidios, Robespierre, únicamente imprime su firma en las condenas. Tanto jacobinos como girondinos han sido ejecutados. Ante la guillotina no hay distinción alguna. Qué importa la edad o condición de la víctima. Cada día cientos de vidas son arrebatadas por el “bien” de la revolución.

Al principio veía todo muy claro. Los asesinados eran culpables y no merecían vivir. La justicia era la guillotina Una muerte fácil y rápida. La ciudad ha cambiado demasiado desde entonces. Ya no hay gente animada luciendo la bandera de Francia. Muchos la portan por miedo a ser detenidos. Allá donde mire sólo atisbo recelo e incertidumbre. ¿Qué ha ocurrido con el anhelo de la revolución?

Siempre he creído fielmente en mis ideales. Nunca he dudado en el momento de efectuar la sentencia. ¿Por qué justo ahora las dudas se instauran en mi mente? Si mi frío y duro corazón me impide sentir, ¿por qué ahora nace en mí la compasión? Un sentimiento olvidado junto a la infancia. Ambos han aflorado, y hubiera deseado que no fuera así. Esperaba no tener que enfrentarme nunca a esto, pero ha ocurrido.

Un determinado día me encomendaron una misión: hallar a unos antirrevolucionarios ocultos en la zona norte de la ciudad. Inmediatamente reuní una partida de soldados para iniciar la persecución. Busqué insistentemente por todos los emplazamientos. Al cabo de cinco días localicé mi objetivo en el sótano de una mansión derruida. Eran tres: un hombre, una niña y una mujer. La reconocí al instante a pesar de las múltiples capas de mugre que cubrían su esbelto cuerpo. Era mi hermana. ¿Qué hacía ella con el líder de los antirrevolucionarios?

Me miró y advertí reconocimiento en sus ojos, pero también desprecio. Mis soldados los apresaron y condujeron a la prisión donde aguardarían a su desdichado final. Serían ejecutados a la mañana siguiente. Fui a ver a mi hermana al atardecer. Estaba confinada en un calabozo junto a la niña. Ambas se abrazaban tiernamente cuando accedí a ese angosto cubículo.

- ¿Por qué has venido? –me preguntó con ira.

- Quería conocer las razones por las que estabas con “ese” –dije escupiendo la última palabra con rabia.

- Porque le amo y no me importa nada más, ni esa maldita revolución –espetó con una palpable sinceridad.

- Yo… me gustaría ayudarte. Te conseguiría un indulto si juraras lealtad a la revolución, Margueritte – propuse desesperado.

- No, no pienso aceptarlo porque no creo en tus ideales. Aguardaré la muerte tranquila sabiendo que he hecho lo correcto – arguyó digna y segura, sin ningún temor en la voz.- Cuando éramos pequeños me incitabas siempre a hacer lo que me dictara el corazón, ¿qué te indica el tuyo?

Ya no sabía lo que quería, había perdido el rumbo. Tan solo era un simple títere. Era demasiado doloroso descubrir esta verdad. Precisamente ella había conseguido que me percatara de esto. Había sido demasiado orgulloso. Caí de rodillas, mi cuerpo se convulsionaba por repentinos espasmos.

De improviso, la niña se aproximó a mí y me dio un beso en la mejilla, un beso dulce e inocente. No había reparado en ella durante toda la conversación. Alcé la vista hacia sus ojos. Unos ojos azules y puros. El pelo rubio y rizado le caía en cascada hasta la cintura. Se parecía mucho a Margueritte.

- ¿Qué es la libertad? – me preguntó delicadamente.

No recuerdo qué respondí ni tampoco el final del diálogo, mas siempre conservaré en mi corazón a esa niña, Charlotte, y el desenlace de su historia. Ella y sus padres han huido. Espero que tenga éxito la fuga. Porque era lo único que podía hacer por ellos. A pesar de sus ruegos de que emprendiera la marcha con ellos, he desestimado tal ofrecimiento. No merezco tal honor. Mi último deseo es morir con dignidad. Para ello tengo preparada la navaja y una botella de vino. Mi expiración será lenta y tortuosa, pero es lo que merezco por todo el dolor y sufrimiento que he causado. Esta será mi última sentencia: ¡Viva la Revolución Francesa! ¡Viva la libertad!


PD: Este relato lo escribí hace ya casi cuatro años y quedó primero en el concurso de mi instituto, cuando estaba en segundo de Bachillerato.

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