domingo, 11 de diciembre de 2016

Despedida

Atardece. Ella está sentada en el mismo banco en el que nos conocimos, en el mismo banco en que todo terminó. Su mirada vaga perdida y sus ojos flotan sobre el lago que se extiende ante ella. Sé lo que piensa: ¿si hubiese venido antes podría haberlo evitado? No, quiero gritarle. Estaba predestinado mucho antes de conocerte.
Quisiera limpiarle las lágrimas que ahora se derraman por su rostro, pero ya no siento nada. No puedo. Por eso, lo hice. Estaba cansado de ello, hacía mucho que vagaba sin rumbo y todo carecía de sentido.
No sé si la carta que arruga entre sus manos conseguirá explicarle todo lo que querría transmitirle, es lo último que deseaba hacer por ella. Aunque ya no me vea, sé que será nuestro último encuentro y por ello, me siento a su lado para que tal vez perciba mi presencia. Tal vez entienda que ahora estoy mucho mejor.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Carta desde un glacial

Querida Esperanza:

Primero, quiero enseñarte el comienzo de uno de los tantos informes que hemos redactado tras una imponente cristalera que nos resguarda del frío glacial del exterior:
«Han trascurrido varias semanas desde aquel 30 de noviembre en que el grupo de investigación atravesó los canales patagónicos. El sol quedaba oculto tras inmensos nubarrones que precedían la llegada de una de las muchas tormentas que asolaban esa ubicación cada vez con mayor frecuencia. Desde el barco se divisaban las montañas nevadas y gigantescas lenguas de nieve de las que se desprendía nieve en polvo. Esta descendía hasta las aguas tranquilas...».

domingo, 20 de noviembre de 2016

Otoño

Los cielos grises y las hojas secas y
las ramas desnudas de los árboles.
Se desprenden de aquello ya marchito,
como un nuevo comienzo,
otra puesta a punto.
Arrancan las páginas trágicas
del diario de la vida y
atesoran las más valiosas.
Quizás,
seguro,
deberíamos imitarles.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Ondulaciones

Las lágrimas no tienen sentido, hace mucho comprendí que eran inútiles.
Nunca he visto sus mejillas mojadas por la sal de sus ojos. Sus sonrisas se subastarían por un alto precio.
Últimamente el espejo no consigue alzar ninguna de sus comisuras, pero de vez en cuando finjo una para él. Me enamoraron las arrugas de sus ojos cuando su risa grave hacía revivir mis terminaciones nerviosas.
Nuestra primera cita fue en el lago. Ella se zambulló en el agua de cabeza y estuvo varios minutos bajo la superficie. Su resistencia me dejó asombrado, pero en esos momentos el temor emergió en uno de los rincones de mi corazón. Tras varias horas jugando a salpicarnos y nuestro primer beso, ese sentimiento quedó olvidado. No había vuelto aquí desde entonces.