domingo, 13 de noviembre de 2016

Ondulaciones

Las lágrimas no tienen sentido, hace mucho comprendí que eran inútiles.
Nunca he visto sus mejillas mojadas por la sal de sus ojos. Sus sonrisas se subastarían por un alto precio.
Últimamente el espejo no consigue alzar ninguna de sus comisuras, pero de vez en cuando finjo una para él. Me enamoraron las arrugas de sus ojos cuando su risa grave hacía revivir mis terminaciones nerviosas.
Nuestra primera cita fue en el lago. Ella se zambulló en el agua de cabeza y estuvo varios minutos bajo la superficie. Su resistencia me dejó asombrado, pero en esos momentos el temor emergió en uno de los rincones de mi corazón. Tras varias horas jugando a salpicarnos y nuestro primer beso, ese sentimiento quedó olvidado. No había vuelto aquí desde entonces.
Él me había cambiado el nombre, era su sirena; le había vuelto a dar sentido a mi vida y una razón para seguir caminando. Parecía suficiente y, sin embargo, no lo era. No quería que estuviese presente ese último atardecer, pero allí estaba con la camisa de su primer te quiero y los pantalones de nuestra primera vez.
Mi corazón se desbocó cuando atisbé su vestido azul arrojado entre las piedras justo a sus sandalias. Su cabellera pelirroja parecía jugar al escondite y prefería no acertar su guarida. Me descalcé con brusquedad, arrojé mis zapatillas lejos, tomé una gran bocanada de aire y me sumergí en las aguas heladas. ¿Y si no me equivocaba? ¿Y si llegaba tarde?
No has llegado a tiempo. Me alegro de que no lo hicieras.
Me aferro a tu cuerpo entumecido, beso tus labios azules y te suplico que vuelvas.
Te necesitaba. Tal vez ya no.
Me necesitabas y no supe darme cuenta.
Te quería. Tal vez ya no.
Aún te quiero. ¿O quizá ya no sea capaz de distinguir el dolor del amor nunca más?
Ya no duele.
Creo que duele demasiado para poder soportarlo durante mucho tiempo más. ¿Lo superaré algún día?
Te amo.
Te amo.

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